viernes, 16 de enero de 2026

La mancha roja

 Cómo médico, mi padre tenía amplios conocimientos. Cuando tuve conciencia de sus capacidades, entendí que podría haber sido reconocido como internista, aunque nunca llevó a cabo una especialización formal. Sin embargo, gozaba de cierto reconocimiento como médico general.

En la Polonia de pre-guerra su intención manifiesta había sido dedicarse a la investigación. Quería profundizar en el metabolismo del calcio y sus implicaciones clínicas. Este proyecto de vida quedó truncado por el estallido de la Segunda Guerra Mundial, de la que Polonia fue la víctima inicial. 

La vida en Venezuela, un país de escaso desarrollo pero en condiciones de franco crecimiento, con tantas áreas por desarrollar, con barreras culturales e idiomáticas, era difícil. Llegar con un bagaje lingüístico de una sola palabra en español, "toreador", que sabía de la ópera "Carmen" de Bizet, y tener que trabajar como médico, con las necesidades de comunicación verbal y escrita, ponía grados adicionales de dificultad. No le serviría, al menos en ese momento, lo que sabía de inglés, alemán o ruso, como sí le había servido durante la guerra. 

Pero en Venezuela faltaban médicos, como faltaban ingenieros, constructores, arquitectos y otros profesionales. No faltaban tanto en las ciudades grandes, como en el área rural remota. Cuando hablo de zonas remotas, es de sitios a los que no llegaba carretera, es decir, automóviles. Localidades que no tenían luz eléctrica o durante períodos del año quedaban aislados por la crecida de ríos durante la época de lluvias. 

A uno de esos pueblos de la costa oriental venezolana fue asignado Wojciech Rojewski J. como médico rural. En alguna ocasión tuvo que lidiar hasta con la resistencia de la propia población, que lo rechazó por haber reemplazado al médico anterior. 

No obstante, era muy acucioso en sus evaluaciones. Entre su equipo, tenía un microscopio de bastante buena calidad. Él era un gran clínico con mucha fiabilidad en sus exámenes físicos y con profundo conocimiento del diagnóstico diferencial, que consideraba un pilar del proceso diagnóstico. 

En esa región de Venezuela, a mediados del siglo XX, aparecieron casos de una condición letal que afectaba a niños, caracterizada por la presencia de una mancha rojiza creciente y descamativa, de origen infeccioso por sus características. La gente en el pueblo la llamaba "la mancha roja". 

En la soledad de su práctica, nuestro padre comenzó a investigar evaluando muestras de sangre de los pacientes afectados. Notó que los eritrocitos, los glóbulos rojos, parecían las células afectadas. Nos explicó que había observado como el glóbulo rojo palidecía en zonas determinadas como si sufriera una "mordedura" o pinzamiento. Sospechó que había algún microorganismo produciendo esas alteraciones, aunque no era capaz de verlo. Tengamos en cuenta que un glóbulo rojo solo mide 8 a 10 micras de diámetro. 

Entonces se le ocurrió una idea ingeniosa. Incluiría las muestras en una solución salina concentrada para que, por ósmosis, las células se hincharan y fueran visibles. Es un principio físico-químico que hace que el líquido se desplace desde una solución de menor a una de mayor concentración a través de una membrana semipermeable. Es el caso de la membrana celular de los glóbulos rojos y del organismo que no era visible. 

Luego de varios intentos rigurosamente registrados, consiguió la concentración correcta para hacer crecer las células, hincharlas, sin que estallaran y entonces lo vio. Un microorganismo se adhería al glóbulo rojo como una garrapata y producía ese fenómeno de decoloración del glóbulo, como si succionara. Cuando estudias frotis sanguíneos, es decir, extensiones de sangre al microscopio, es necesario teñir con un colorante la preparación para poder ver las diferentes células sanguíneas. Uno de esas técnicas de tinción  se conoce como Giemsa. Las estructuras de alcalinas o básicas se tiñen de azul o violeta y las ácidas se colorean de rosa. Puedes ver, entonces, los glóbulos rojos, los núcleos o los parásitos que los infestan, como el de la malaria. 

Había que hacer la dilución salina para "engordar" los glóbulos sin pasarse y luego teñir. 

Con estos hallazgos, no podía hacer más. Tampoco había descripción de eso en los libros que tenía a mano, los que llevaba consigo junto con su microscopio. Fijó las placas, los portaobjetos, que es como se llaman, las guardó y se alistó para ir a Caracas, a la Universidad Central. El Instituto de Medicina Tropical de esa universidad ya tenía fama. Además era y sería, por muchos años, la primera autoridad en la materia en Venezuela. El Dr. Félix Pifano seguramente le ayudaría. 

Un médico extranjero, sin soporte académico, sin reválida — el proceso de reconocimiento de su título profesional — y con serias dificultades idiomáticas se enfrentaba a la máxima autoridad nacional en enfermedades infecciosas y parasitarias. 

Cuando presentó sus hallazgos al Dr. Pifano, la respuesta fue la más inesperada para él, pero una muy probable para la época. A pesar de su insistencia, se encontró con el escepticismo y hasta la indiferencia. El doctor cuestionó la técnica, quizás porque para esos tiempos, la técnica de la manipulación osmótica no estaba validada. A lo mejor, esa manipulación introducía sesgos técnicos. Tal vez el médico que acababa de llegar del campo con esas láminas y ese descubrimiento, era una persona sin ninguna filiación académica y además, ni siquiera se expresaba bien. 

El Dr. Pifano, con dureza, reprochó tanto la técnica como los hallazgos. —Eso es imposible, eso no es real ¡Imposible, imposible! — gritó. Los asistentes, con timidez y algo de temor, intentaron contradecirlo con educación, pero no hubo concesiones. —Sí se puede — respondían. —Claro que no. Llévese eso de aquí. No tiene sentido. Los asistentes finalmente cedieron en su insistencia. Probablemente serían víctimas en un conflicto que solo los perjudicaría. 

Wojciech recogió sus láminas, sus papeles, y salió del laboratorio totalmente decepcionado. Volvió rumiando la impotencia y lo que consideraba una falta de espíritu científico que le dejó marcado. No perdió su propio espíritu ni su propia iniciativa, como demostraría más tarde en su vida profesional. 

En los institutos de referencia de la época la autoridad del jefe no se discutía públicamente, el respaldo de los asistentes no bastaba. No había suficiente autoridad y un médico rural sin cargo, sin soporte académico, no tenía margen de réplica.

Para alguien que ya había afrontado duras barreras tanto en su vida como en el ámbito profesional, este golpe fue muy desalentador. Una loza difícil de desplazar, de quitarse de encima. Sin embargo, no le hizo perder su curiosidad investigadora y su interés por resolver problemas reales usando su imaginación y conocimientos. 

Ese traspiés fue solo una pausa, aunque ya no intentaría tocar esa puerta.