Mi padre llegó a Venezuela en 1948. Vino por avión, en un DC4 desde las Islas Bermudas. Esa fue la última escala de un vuelo que, originado en Alemania, cruzaría el Atlántico desde Londres con escalas en Terranova y Nueva York.
Sus pertenencias más pesadas y menos urgentes, vendrían por barco en dos enormes cajas de madera de roble, con destino final en el puerto de La Guaira.
El paradisíaco tropical y montañoso litoral venezolano, visto a través de las ventanas del DC-4, dio lugar a la realidad de chozas, chabolas y casuchas que flanqueaban el ascenso por la vieja carretera de La Guaira a Caracas.
La propia visión tropical y rural fue apagando el entusiasmo de su esposa, que soltaba tímidamente frases como "¡adónde me has traído!" o "¡vámonos de aquí, por favor!". Y eso, a pesar de venir de una Europa devastada.
El destino y su historia reciente
Doce años antes de aquella llegada, Juan Vicente Gómez, dictador y "capataz" de Venezuela, fallecía, según la historia oficial, el 17 de diciembre de 1935. Coincidencias impuestas o buscadas, el mismo día que, poco más de 100 años antes, había muerto Simón Bolívar, El Libertador y máximo héroe de la patria.
El General Gómez había nacido, ¡oh, confluencia de fechas! un 24 de julio, igual que el mismísimo Libertador. A Gómez, natural del Táchira, le siguió el general López Contreras, también tachirense, a quien se atribuye el inicio del proceso democratizador de la Venezuela postdictadura gomecista. Le sucedió a éste el general Isaías Medina Angarita, también tachirense, hasta 1945, cuando un golpe de estado, llevó al poder a una junta revolucionaria, a una asamblea constituyente y a elecciones en el año 47, de las que salió electo por voto universal, por fin, el escritor Rómulo Gallegos. Este fue derrocado por un alzamiento militar en 1948, llevado a cabo por los mismos militares que habían apoyado la revolución del 45.
Siempre he pensado que debió ser una contrariedad el hecho de arribar a un país que iniciaba un proceso democrático avanzado, un desarrollo social y económico sostenido, y encontrar que este proceso era amenazado por la inestabilidad política mediante el uso de la fuerza, traicionando la voluntad democrática. Luego, la historia mostraría otro destino.
Otro destino
La década siguiente fue paradójica: la más brillante en términos de desarrollo y crecimiento, pero la más oscura en términos de libertades.
Es verdad que cualquier cosa parecería mejor que el infierno vivido bajo el yugo nazi, sobre todo porque Polonia fue el país más violentado por esa maquinaria militar y política.
Desde su visión, Venezuela era un país exótico. Cuando era niño disfrutaba recorriendo el mundo sobre el globo terráqueo del estudio de su casa, siguendo rutas con su dedo, afrontando aventuras en África, la India o Sudamérica.
Continentes o subcontinentes inexplorados, selvas vírgenes, especies extrañas, leyendas y mitos. Hervía el espíritu aventurero estimulado por las historias de los exploradores ingleses, alemanes, escandinavos o franceses; por Julio Verne o Kipling, Shackleton o Amundsen.
Raíces y pertenencia
Mi padre nació en Detroit, Estados Unidos de América, un día de San Jorge de 1915. Sus padres, polacos, habían migrado a los Estados Unidos de América a principios del siglo XX como muchísimos coterráneos también lo habían hecho desde finales del siglo XIX.
La comunidad polaca en América era numerosa, activa, orgullosa de su identidad.
Polonia, como Estado, no existía desde 1795, pero la nación persistía: en la lengua, en la memoria y en el talento de sus hijos.
La polaca es una de las comunidades foráneas más grandes de ese gran país, Estados Unidos. Muchos polacos han tenido y tienen papeles prominentes en la vida americana, en su cultura, ciencias, deportes o política. Polonia no existía como estado, aunque sí como nación, conservando su lengua y cultura a pesar de su desaparición como país independiente desde 1795. Eso sin embargo no privó a la nación de genios como Chopin, Maria Sklodowska-Curie, Henrik Sienkiewicz o Joseph Conrad, quienes no escondieron nunca su origen y se enorgullecían del mismo.
Mi padre fue testigo de la muerte de un sistema y el surgimiento de otros. Creía en el futuro. Venezuela le ofreció un lugar donde fabricar ese futuro.