martes, 21 de octubre de 2025

¡Estas manos!

El violín bajo el brazo. Caminaba sin rumbo buscando un lugar donde tocar en aquella ciudad. Era una urbe vertiginosa, nueva y antigua a la vez, en crecimiento constante. En la que la cultura y el gusto también estaban en desarrollo. Era la Caracas de finales de los '50. La ciudad estaba ávida de maestros constructores, albañiles, carpinteros, artesanos. No tanto para artistas o científicos, para los que sí podría haber lugar, aunque con más dificultad.
No conseguía trabajo. La desesperación le consumía. No sabía qué hacer. Encontraba solo puertas en la cara, rechazo e incomprensión. Era tan difícil comunicarse. Acabado de llegar de Polonia, su precario español le ponía obstáculos a cada paso. 
Finalmente consiguió tocar algún local. Algún bar como cualquier otra noche en un restaurante, en un pianobar, en una boite, a cambio de unos cuantos bolívares que no llegaban para pagar la pensión o para comer. La mayoría de las veces no alcanzaba para las dos cosas. 
Unos hombres bien vestidos de trajes cortados a medida, escuchaban sin mucha atención, mientras comentaban a ratos. Gradualmente dirigieron sus sentidos a lo que estaban escuchando, hasta quedar en el sonido musical que emanaba de ese violín del rincón.
Al terminar se acercaron al violinista. "Nos gustaría oírle en privado. ¿Puede acompañarnos?" 
Qué tenía que perder. Se fue con esos hombres cuyas costumbres y educación alejaban las dudas negativas acerca de sus intenciones. El automóvil esperaba afuera. Un flamante Cadillac negro. El valet ya lo había traído y estaba presto a la salida del local. 
EL chofer los condujo suavemente por avenidas arboladas y recién iluminadas. Grandes casas y mansiones se sucedían en el ascenso a las colinas residenciales. 
A través de un portón de hierro forjado, accedieron por un camino flanqueado por caobos y arbustos, a una rotonda que daba acceso a la entrada principal, presidida por una moderna gran puerta de madera de doble hoja.
La arquitectura era art decó con trazos de la Bauhaus. 
Un gran salón sirvió de escenario: una chimenea, mullidos sillones, un sofá y esculturas clásicas bajo un alto techo y tenue iluminación. Los hombres tomaron asiento luego de servirse whiskies en las rocas. Le pidieron que empezara a tocar.
La velada se prolongó por varias horas - de las que perdió la noción - en las que expuso un repertorio de clásicos y populares, desde jazz hasta tango, con mayor o menor dificultad técnica, pero con un gran sentimiento y expresión. 
Al final, los oyentes, extasiados y complacidos, agradecieron efusivamente. Se levantaron de sus asientos varias veces para felicitarlo o pedirle alguna pieza más. Él, con sus dificultades idiomáticas, entendía alguna petición, pero la mayoría de las ejecuciones eran espontáneas, improvisadas o a su albedrío. 
El dueño de casa le pidió que tocara una más. Terminada la ejecución, sirvieron champagne. Cuando intuyó que era hora de marchar y lo mencionó, sin ningún reparo llamaron al chofer para que lo llevara a su casa. Adonde él dijera. El conductor lo llevó a la zona donde se alojaba la mayor parte de inmigrantes venidos de Europa, la parte baja de San Bernardino. 
Antes de irse, el anfitrión de la mansión se acercó, con un ademán que denotaba casualidad, le entregó el pago por sus servicios, sin preguntarle.
Cuando llegó a la pensión, no cabía en regocijo. Buscó a su amigo, el que había sido su apoyo y confidente, quien sabía la penuria que estaba pasando desde que llegó a este país en el que esperaba tener oportunidades.
"¡Wojtek, éstas manos, éstas manos!" 
Mostraba sus manos, las miraba y se las volvía a mostrar repitiendo la fórmula "¡éstas manos, éstos dedos!" Comenzó a llorar y abrazó a su amigo. Nunca había recibido tal cantidad de dinero por su habilidad y su destreza, por su calidad e interpretación.
No se imaginaba sentir tal aprecio por su talento. Lo que significaba para él, ya entregado a la sensación de fracaso y ruina. El hundimiento en la miseria que vislumbraba y que esta noche parecía disipar.
Unos momentos antes, mientras el Cadillac se alejaba, y luego, conversando con Wojtek, no llegaba a comprender si había cruzado un umbral luminoso o había sido un momento efímero, una puerta que volvería a cerrarse. 
Mientras lo contaba, miraba sus manos como si aún pudieran convocar aquella noche.

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